DIANA KRALL SIENTA CÁTEDRA CANTANDO Y AL PIANO EN LA QUINTA NOCHE DEL UNIVERSAL MUSIC FESTIVAL


El jazz más elegante -aunque no sólo el jazz- se adueñó del Teatro Real en la quinta velada del Universal Music Festival con otro llenazo al completo para disfrutar de una de las aristócratas del género en nuestros días. Como una auténtica reina del swing y a los mandos de un grupo sobrio de músicos de altísimo nivel, aparecía radiante la canadiense Diana Krall en escena y avisando ya de entrada de que venía con un montón de música -y toda ella muy variada- para regalar a la audiencia. Así que, con la anuencia de un respetable entregado, arrancó la artista con Just found out about love y ya desde el primer instante se produjo un precioso diálogo entre el piano de Diana y el contrabajo, la guitarra y la percusión -tañidos por Robert Hurst, Anthony Wilson y Karriem Riggins respectivamente- en pos de la expresión y la belleza instrumental que el jazz sugiere desde que empieza a sonar.

La segunda canción, All or nothing at All, sirvió para que la guitarra de Wilson deslizara un solo lleno de encanto al que contestó Diana con unos dedos que apenas presionaban las teclas del piano, extrayendo no obstante auténtica marina sonora. Primero con Let’s fall in love y después con especialmente con un leve I’ve got you under my skin Diana mostró que iba a perder poco de vista el jazz de siempre, los estandars que ella hace suyos con un brillo inusual y un delicado toque melancólico. Continuó la diva con I was doing alright y entonces fue el contrabajo de Robert Hurst el que hizo diabluras, tejiendo con el piano texturas inundes entes de jazz con mayúsculas.

Comenzó Diana How deep is the ocean, otra maravilla de Irving Berlin, y el ambiente se tornó de una levedad increíble, demostrando la artista que aún se puede bajar más suave para expresar de manera más delicada. Después continuó con Just you, just me y la velocidad de las notas se volvió vertiginosa, para volver a encontrarse otra vez con la solidez de aquellos grandes compositores que han dotado el cancionero popular de una interminable lista de joyas. Sonaba The look of love, de Burt Bacharach,y el tiempo parecía detenerse en prodigioso lapsus de notas y sensibilidad llenas de elegancia. Otro clásico del jazz, Deed I do de Fred Rose, hizo seguir ese carrusel de improvisaciones en las que el piano se retaba con la guitarra en un duelo incruento, mientras la sección rítmica sostenía el paso con energía y decisión.

Con A case of you, de su paisana Joni Mitchell, Diana se enfrentó en solitario junto a su piano a la pasión interpretativa de un tema que se interna por otros derroteros musicales más cercanos al rock o al pop, aunque siempre recalen en esa forma personal que tiene esta cantante de afrontar las baladas con gusto extremo. Lo mismo habría de suceder con Quiet nights, otro tema de los que te deja suspendido en mitad de la admiración de la belleza sonora que se desprende de una buena ejecución. Pero la abstracción duró lo que tardó en empezar Diana a juguetear con el mítico Cheek To Cheek de Berlin y a provocar esas cosquillas del swing más dinámico alborotando la sensibilidad del espectador.

Era el fin del concierto, aunque, a petición de la enfervorizada audiencia, Diana hubo de regresar para ofertar más piezas maravillosas, como el mítico Boulevard of Broken Dreams lleno de romanticismo y de dulce tristeza. Completó el bis otro viejo tema de 1927, Just like a butterfly that’s caught in the rain, para que la guitarra de Anthony Wilson volara de nuevo y la voz de terciopelo de Diana Krall acariciara las palabras. Para concluir, Diana escogió nada menos que una canción de Bob Dylan: This Dream of you. Un perfecto final para una maravillosa noche de la mejor música.

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