RUFUS WAINWRIGHT OFRECE UNA LECCIÓN DE SENCILLEZ Y PUREZA MUSICAL EN LA TERCERA NOCHE DEL UNIVERSAL MUSIC FESTIVAL


Sencillez y pureza para vencer en la dulce batalla del arte. Esas son las dos preciadas armas con las que el caballero Rufus Wainwright salió el escenario del Teatro Real -en una tercera noche consecutiva de Sold Out en el Universal Music Festival- a defender su arte exclusivo, pleno de sensibilidad y en el que se calibran cuidadosamente los artificios que pueden dar o restar brillo o credibilidad a un cantautor. El compositor lo es y de los mejores en nuestro días. Por eso el inicio de su concierto con el tema Danny Boy supuso para este orfebre de la canción el abrir un pequeño joyero para mostrar a un respetable devoto del artista una gema que luce mejor a piano y voz. Que es más bella cuanto más ligera de ropajes.

Tras avisar al público de que, tanto él como su marido, estaban decididos a aprender español -aunque aún no habían tenido tiempo de hacerlo-, se arrancó con el tema Vibrate, dejando que las teclas del piano resbalasen por una cascada que evocaba la banda sonora de alguna película. Ese es el poder que Rufus tiene en sus dedos y su garganta: el de convertirse en un cantante de salta de género en género sin esfuerzo o impostura alguna.

In The Graveyard, con esa influencia decidida de la ópera de Puccini, vino a brindar a continuación una nueva arista tan delicada, como convincente en una interpretación que tenía el tempo y la intensidad justas para alcanzar la excelencia. Sin embargo y sin solución de continuidad, un nuevo giro llevaba a Wainwright a esa fascinante tierra de patinadores a tiempo completo, modelos a tiempo parcial, surferos y noches de neón que se esconde en las notas de la dorada California, canción para la que sustituyó el piano por la guitarra acústica, De hecho tuvo un momento “Celine Dion” en el que la letra huyó por unos instantes de su mente. Pero él, espontáneo y guasón como es, no pasó apuro alguno, concluyéndola con gusto exquisito y el aplauso entusiasta del público.

Habló de su viaje reciente a Cuba, recordado el calor que pasó allí, antes de adentrarse en el tema Only The People That Love, otra delicatessen para referirse a los sentimientos que envuelven solo a las personas que aman. Con Out of The game entró de lleno en esas armonías que podrían ser deudoras del jazz más elegante, con ese estribillo tan años 70, tan delicioso, que se queda pegado a la primera escucha y que hace que el oyente no quiera que la canción llegue nunca a su fin.

De vuelta al piano la solemnidad de Art teacher abrió otra dimensión en la actuación del cantante con una sobriedad majestuosa y cierto deje a chanson; otro palo que este genio versátil domina con soltura. Ese fue el momento en el que Rufus aprovechó para adentrase en el hermoso terreno de los sonetos de Shakespeare que dominan los surcos de su último disco Take All my Loves. Primero fue When most I wink (Sonnet 43) y a continuación A woman’s face (Sonnet 20), dos piezas de una belleza tan insólita como inusual, en la que poco importa si la etiqueta lleva más hacia el pop o hacia la música clásica, porque en música la belleza es belleza y se expresa por sí misma.

Un recuerdo de su primera ópera, Prima donna – compuesta en francés- sirvió a Wainwright para realizar una reflexión sobre los hechos acaecidos en Niza y el sinsentido sufrido allí. Fue quizá uno de los momentos más emocionantes de la noche el escuchar ese aria de hermosura que trasciende lo cotidiano jugando a convertirse en eterno.

De nuevo con la guitarra el tema Jericho devolvió a Rufus a la senda del pop brillante, intenso y lúcido para una voz brillante y expresiva como la suya. Un tanto más folk resultó 11:11, levemente mecida por el sonido de la acústica, sirviendo esta ambientación como soporte perfecto del tempo de vals de Gay Messiah. De regreso al piano, con Zebulon, una de sus primeras canciones, el astro de Rhinebeck tomó la rampa final de un concierto hermoso como pocos que encontró su cenit en la ejecución de la proverbial Cigarettes and Chocolate, canción que encierra en sus notas toda la esencia de de un creador como Rufus Wainwright.

Pero no había de quedar todo aquí. Aún faltaban cuatro piezas sin las que un concierto de Rufus quedaría siempre incompleto: Going to a town y la gloriosa Hallelujah, tomada prestada al maestro Leonard Cohen y a la que Wainwright ha sabido imprimir su propia personalidad, llena de una espiritualidad aún más elevada. Finalmente Complainte de la Butte, tradicional canción francesa con letra de Jean Renoir y mú sica de Georges van Parys , concebida para la película French Cancan y que fue convenientemente revisada por Rufus Wainwright para la película de 2001 Moulin Rouge y, como regalo fuera del programa, otro viejo tema, Poses, pusieron el punto final a una hermosa noche de música y sensibilidad, de canciones y espiritualidad musical, de sencillez y pureza.

+ There are no comments

Add yours